Más DeVito que DeVito
Cocinar un pavo perfecto, arruinar la Navidad y abrir puertas de una patada
No resulta exagerado si digo que tenía la pinta de Danny de Vito. Sin ser un alago, era unos catorce o quince centímetros más alto que el actor, sí. Y como él, tenía esa expresión de payaso sin maquillaje y los mechones canos que poblaban sus huesos temporales como marca de agua. Casi siempre me lo imaginaba de joven como Louie De Palma, el personaje de la serie Taxi, pero más lo vivía todos los días como el Pingüino de Batman Returns. Sin embargo, físicamente, la convergencia perfecta era ese maestro de ceremonias en Dumbo de Tim Burton. El sombrero de copa no desentonaba en absoluto.
Si no nos daba una clase magistral acerca de los instrumentos y fresas de carburo de tungsteno de su consultorio, nos mostraba el desarrollado flexor corto del pulgar de su mano derecha. Valgan verdades, el abultado músculo parecía la molleja de un superpollo, superdotado, ultravitaminado. Hablo de mi papá, por supuesto.
Entre sus muchas especialidades, hay tres en las que destacaba bastante por encima del promedio: preparar el pavo para las fiestas de fin de año; estropear (según nosotros) la víspera de la Navidad; y desplegar patadas frontales para abrir puertas con sorprendente eficacia. Gran especialista.
Sobre el pavo y su receta secreta, eso se lo dejo a mi hermano. Es él quien heredó la costumbre, especialmente para la Navidad. La Navidad, qué palabra cargada de recuerdos, de todo tipo. Para mí, solo era una celebración que traía consigo sonrisas, regalos, juegos, paz, armonía y mucho entretenimiento. Siempre en la casa de mis abuelos maternos. Para mí papá era todo lo contrario. Ahora lo entiendo perfectamente: era la obligación de compartir la Nochebuena con idiotas, vagos y mantenidos, putañeros en flagrancia, y por supuesto, con sobrinos imbéciles y tías metiches. No quería estropearnos nada, solamente quería paz: para él era más sano quedarse en casa viendo a John McClane enfrentarse a terroristas entre rascacielos o, sencillamente, uno de los episodios navideños de El Chavo del Ocho. Lo que yo solucionaba con un porro de marihuana, él lo solucionaba sentado en su sillón frente a la tele. Compro.
Las mejores patadas frontales eran las de mi papá. Un sábado de 1995 o 1996, a media mañana, después de una tremenda farra en la discoteca The Edge, no me quedó otra que rogar por un jugo de papaya a la cama y ver los goles del fútbol peruano hasta volver a quedar dormido. Con la puerta entreabierta y la cara tapada con la almohada, llegué a escuchar a Beingolea decir algunas estupideces, las de siempre. De pronto, sentí un repentino tumpúm que abrió la puerta bruscamente, pero que no me despertó del todo. Entre la consciencia y la inconsciencia, logré ver la silueta del Pingüino entrar con una pierna al aire y un breve salto incluido. «¡Chocaste el carro, carajo!». Me senté en la cama y solo atiné a mirarlo. De fondo, Beingolea: matemáticamente aún podemos clasificar.
«Ese es otro huevas lisas», agregó desprendidamente mi padre señalando la pantalla, para luego irse arrastrando los pies. Como siempre, vistiendo solo esos calzoncillos blancos, holgados y desgastados.



